Ser comunicólogo es lo más bonito y triste del mundo


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Ser comunicólogo es muy lindo, pero nada sencillo. Es un noble oficio en el que aprendes mucho, conoces a mucha gente y aprecias el mundo desde una perspectiva completamente diferente.

Que no se te pase: Cocinar no es lo mío ¡Ya llévame, diosito!

El comunicólogo se enfrenta a retos desde que elige su carrera, o sella su destino, como gusten verlo. Los prejuicios están a la orden del día: si estudias comunicación, una de dos: o eres un chismoso o quieres salir en la tele.

Yo sé que es triste que nos encasillen en esas dos facetas cuando la carrera es muy basta, pero algunos colegas se ganan esos motes a pulso.

Durante la universidad, la mayoría de las veces cambiamos la perspectiva de lo que implica estudiar comunicación.

Aunque muchos ingresan pensado en que es un equivalente a cine, las teorías de comunicación y lo vinculada que está la carrera a áreas como sociología hace que reflexionemos y pensemos las cosas de manera distinta.

Ya al salir al mercado laboral, la tristeza nos invade. Los comunicólogos se enfrentan a una dura vida de trabajo. Los sueldos son pequeños y el trabajo es mucho. Tiene que ver con la saturación de la carrera, pero también con ese feo pensar que cualquiera puede hacer nuestra chamba. Chale.

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Esta circunstancia tiene dos consecuencias: una vida laboral muy absorbente –esclavizaste, pues- y hábitos de vida muy malos.

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Los comunicólogos sufrimos por amor. Estas circunstancias nos hacen tener poco tiempo realmente para tener pareja, así que quien nos acepte, debe ser una persona muy especial.

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Tenemos todo, poco sueldo, soledad, mala alimentación, nada de tiempo. Y aun así, es la mejor profesión que pueda existir. ¡Felicidades, colegas!


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